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Proyecto Educativo

Los colegios de la provincia chilena de la Congregación los Sagrados Corazones son colegios católicos, y como tales están al servicio de la Iglesia y de la sociedad chilena, con su riqueza y diversidad, con sus búsquedas y conflictos. En la gran tarea de educar a niños, niñas y jóvenes según los principios de nuestra fe cristiana, ellos ofrecen una formación fundada en el Evangelio de Jesús, en el camino de la Iglesia y en la espiritualidad de nuestra familia religiosa.

Desde la fuente original de los Sagrados Corazones queremos colaborar con las familias, que nos confían a sus hijos, en la formación de seres humanos y cristianos que sean respetuosos y responsables; fraternos y solidarios. De hecho, pensamos -y tratamos de vivir- el mundo y la Iglesia desde el amor primero y gratuito de Dios.

Entendemos, para todos estos efectos, que la comunidad escolar está formada por los alumnos, alumnas, docentes, asistentes de la educación (paradocentes), administrativos, personal auxiliar, padres de familia y apoderados, directivos y sacerdotes, cada uno en su misión y tareas específicas.

Las familias que nos han confiado a sus hijos, concuerdan con este proyecto educativo; del mismo modo que todos los miembros de la comunidad escolar que lo han conocido y quieren vivirlo en el quehacer de cada día, en primer lugar como una verdadera vocación y, por lo mismo, como una misión que tiene en su primera mirada esa formación de cada uno de nuestros alumnos y alumnas.

De este modo, queremos ser una comunidad abierta y acogedora y así entendemos la invitación que nos ha hecho el Papa Francisco: “La Iglesia está llamada a ser siempre la casa abierta del Padre”[1].

Desde la misericordia de Dios, manifestada en el Corazón de Cristo, procuramos vivir con nuestras puertas abiertas a los más débiles.  Así, entendemos nuestros colegios como una instancia más desde la cual nos sea posible ayudar a forjar una mirada y ofrecer un aporte que contribuya a revertir la exclusión e inequidad imperantes, en la búsqueda de un mundo donde sea posible vivir y compartir en verdadera paz. Así también entendemos la Iglesia, pues ella: “…no es una aduana, es la casa paterna donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas” (EG 47).

De estas fuentes y del constante llamado de Dios que se manifiesta en la situación presente del país y del mundo surgen las Líneas Orientadoras Fundamentales (LOF) que aquí exponemos.

 

1.         Nosotros “hemos creído en el amor que Dios nos tiene” (Jn 4,16). En nuestra misión educativa buscamos “contemplar, vivir y anunciar al mundo el amor de Dios encarnado en Jesús” (Constituciones SS.CC. 2). Queremos que el amor de Dios por todos los seres humanos, especialmente por los que sufren pobreza, enfermedad, soledad y exclusión, sea, como nos fue revelado en Jesucristo, una opción básica de nuestra tarea educativa. Nosotros hemos creído en el amor que Dios nos tiene y por eso deseamos que el amor y la misericordia sean valores centrales realmente vividos y comunicados en nuestros colegios. Buscamos formar personas confiadas en ese amor incondicional de Dios y que encuentren en ese don inmerecido la fuente de su esperanza y de su alegría.

 

 

2.         Reunidos en la eucaristía y la adoración. Queremos que la eucaristía y la adoración sean experiencias centrales del itinerario formativo en nuestros Colegios; buscamos que sean vividas como parte de la experiencia eclesial y personal de la fe, como signos de nuestra fraternidad y de comunión con la Iglesia. Deseamos formar a una celebración de la fe alegre, participativa, que integre y dé sentido a la vida entera como, a la vez, se integre a ella.

 

3.         Comunidad educadora. Esperamos de nuestros colegios que sean comunidades educadoras en las que todos los que forman parte de ella aporten lo propio. Aspiramos a que esa comunidad humana entera constituya una verdadera familia educadora, en continuidad y colaboración con la familia de cada estudiante, la que adhiriendo a los fundamentos de estos colegios, se fortalezca como primer núcleo educativo y cristiano. Queremos también que, de acuerdo con su edad, cada estudiante vaya creciendo en autonomía, descubriendo y asumiendo su responsabilidad en el proceso educativo.

 

4.         Formarse para formar. Queremos que los agentes educadores (alumnos, alumnas, docentes, asistentes de la educación, administrativos, personal auxiliar, padres de familia y apoderados, directivos y sacerdotes) de nuestros colegios adhieran a los fundamentos aquí señalados, y estén activamente comprometidos en su propio proceso de formación permanente e integral, que les permita renovarse y responder siempre de la mejor manera a una cultura que se desarrolla y modifica cada vez más rápidamente. Más aún, creemos que la formación permanente supone la conversión continua, que garantiza una actitud abierta a los desafíos y dispuesta al cambio; agentes educadores que comprendan y asuman su especial responsabilidad y la asuman con espíritu de servicio.

 

5.         Vivir la fe, transmitir la fe. Deseamos que la fe, una fe realmente encarnada e inculturada, se viva explícitamente en nuestros colegios. Esperamos que nuestra comunidad educadora sean hombres y mujeres creyentes, es decir, que encuentren en Jesucristo una luz que le dé sentido a sus vidas. Que se reconozcan gratuitamente amados por Él, que ha dado su vida por nosotros y que en el encuentro con él se transformen en hombres y mujeres libres, apasionados por los valores del Evangelio. Deseamos que el Corazón de Jesús, donde encontramos la intimidad de sus sentimientos y que es la fuente de sus actitudes y compromisos, sea el modelo de los valores que queremos vivir y transmitir. Buscamos formar en una experiencia de fe que toca y transforma el corazón. La frase “el hombre vale lo que vale su corazón” del p. Andrés Aninat ss.cc., revela dónde está, para nosotros, lo esencial del cristiano que queremos educar. Por ello, buscamos formar jóvenes que adhieran al proyecto de humanidad que Dios nos ha mostrado en Jesucristo, y que se decidan a ser semillas de esa nueva humanidad en el mundo concreto en que vivimos. Promovemos una experiencia de Jesucristo que es siempre personal y comunitaria, que es celebrada en la liturgia cotidiana y que nos hace parte del Pueblo de Dios que camina en la historia con la mirada puesta en el Reino prometido.

 

6.         Al servicio de la Iglesia y del país. Queremos que los colegios de los SS.CC., que son parte de nuestra contribución a la misión evangelizadora de la Iglesia chilena, estén insertos en ella y participen activamente en la transformación constante de la sociedad de acuerdo a los valores y criterios evangélicos.

 

Porque “hemos creído en el amor que Dios nos tiene” (1Jn 4,16), expresado en particular en respeto, responsabilidad, fraternidad y solidaridad para con un otro, “como un legítimo otro en la diferencia”[2] y especialmente por los que sufren pobreza, soledad y exclusión, es que aspiramos formar a los alumnos y alumnas que vivan estos valores cotidianamente y los pongan al servicio de la Iglesia y el país.

 

Nuestros colegios, en coherencia con el carisma y espiritualidad SS.CC., están llamados a promover en todos los integrantes de la comunidad educativa la vivencia de estos valores, constituyéndose esta, en un aspecto medular de los proyectos educativos de cada colegio.

 

Reconocemos la tarea educativa como respuesta al llamado de Dios, que nos invita a ser partícipes de la siembra y la cosecha para el Reino. Vemos en la educación una dimensión fundamental del sueño de Dios que quiere que todos tengan vida y vida en abundancia (cf. Jn 10,10).

 

7.         Semillas de comunión y fraternidad. En nuestros Colegios procuramos vivir un espíritu de fraternidad que nos conduzca a transformarnos y entendernos como una gran familia, y, más allá de ellos, por la fraternidad y espíritu de comunión, que nos lleve a construir un mundo más justo y solidario, en medio de los desafíos que nos toca vivir. Esta fraternidad está fundada en la igual dignidad de todos como hijos e hijas de Dios. Trabajamos por la fraternidad, no solo al interior de nuestros Colegios, sino también por la fraternidad y comunión entre todos: “Para que el reinado de Dios se haga presente, buscamos la transformación del corazón humano y procuramos ser agentes de comunión en el mundo. En solidaridad con los pobres trabajamos por una sociedad justa y reconciliada” (Constituciones SS.CC. 6). Queremos que este anhelo de justicia y de comunión en el período escolar de los estudiantes y en la entera comunidad, sea un ideal permanente que estimule tanto un estilo de educar, como acciones concretas. Por eso queremos suscitar en nuestros alumnos y alumnas la pasión por la justicia y favorecer experiencias junto a los pobres y excluidos.

 

La “reparación”, valor espiritual de nuestro carisma, adquiere en el compromiso y el servicio a la sociedad una dimensión activa que quisiéramos estimular.

 

8.         Saber escuchar, aprender a dialogar. Queremos formar hombres y mujeres de mente abierta, escuchadora y dialogante, personas tolerantes y respetuosas de la opinión de los demás. Esto no puede significar nunca una relativización de los valores cristianos en que queremos educarlos. Pensamos así en su propio bien como personas y, a la vez, en la toma de conciencia de cada uno acerca de su propia responsabilidad en relación con el bien común. Creemos, entonces, que nuestros estudiantes podrán llegar a aportar en la transformación de esta sociedad individualista y materialista, que se expresa en antagonismos ideológicos, y en segregación e injusticia social. Nos parece crucial formar buscadores de la verdad más que intransigentes poseedores de ella, pues las situaciones de conflicto necesitan más del diálogo sereno que de imposiciones dogmáticas o morales.

 

9.         Ayudar a descubrir y potenciar las vocaciones personales. Esperamos que nuestros colegios atiendan con especial cuidado a la vocación personal de cada joven, de modo que su opción fundamental de vida llegue a delinearse lo mejor posible al término de su etapa escolar. Esperamos contribuir a suscitar entre nuestros estudiantes no sólo profesionales de diversas áreas, sino también servidores públicos que asuman la tarea del bien común desde su fe cristiana. Nos parece normal, además, que en un colegio de Iglesia se estimulen y encaucen no sólo esas vocaciones laicales, sino también, poner especial atención en las vocaciones religiosas y sacerdotales. Más aún, deseamos que en la comunidad educativa se formen todos los servicios y ministerios que puedan contribuir al crecimiento de una Iglesia siempre inspirada en el Evangelio: diáconos permanentes, servidores de la comunión, y otros.

 

10.        Trabajar juntos para la educación integral. Deseamos para nuestros alumnos y alumnas que desarrollen sus competencias, lo que va más allá de la adquisición de conocimientos específicos o habilidades, y en ese proceso integren equilibradamente contenidos y experiencias, sentimientos, rigor intelectual y reciedumbre moral. Valoramos las competencias y capacidades, no solo las relativas a los ámbitos del saber y del saber hacer, sino también las de vivir junto a los demás y del crecer en humanidad.

En este contexto, aspiramos a la excelencia en nuestros colegios, y entendemos por ella la capacidad de cada estudiante de descubrir sus talentos y aprender a desarrollarlos plenamente, nunca en el ánimo individualista y competitivo, sino orientado al servicio de los demás y a la transformación de la sociedad. Sin olvidar lo que nos recuerda San Pablo al decirnos: “Hay diversidad de dones, pero el espíritu es el mismo…a cada uno se le da la manifestación del Espíritu para el bien común”. (1Co 12,4.7).

Evaluamos el logro de nuestros estudiantes y de toda la comunidad escolar en esa perspectiva integral, para no reducirlo todo a meros logros de metas cuantificables (calificaciones u otras).

 

11.        Ciudadanos responsables del mundo que habitamos. Queremos que nuestros jóvenes aprendan a “vivir la vocación de ser protectores de la obra de Dios”[3] como fruto de una relación de armonía con Él, con los demás, consigo mismos, con los bienes materiales, con la creación entera. En un mundo globalizado, en el que día a día habrá menos fronteras, mayor diversidad religiosa y cultural, “hace falta la conciencia de un origen común, de una pertenencia mutua y de un futuro compartido por todos” (LS 202), donde eduquemos para la fraternidad de todos los pueblos y culturas, y contribuyamos a crear una sociedad más igualitaria en nuestra patria. Asimismo, queremos formar en la responsabilidad, personal y de cada generación. Deseamos formar personas que desarrollen una pasión por el cuidado del mundo, con estilos de vida saludable que contribuyan positivamente con la integridad de la creación, gravemente amenazada por el despilfarro, el lucro descontrolado, el daño al medio ambiente provocado por el envenenamiento de los recursos naturales y la sobreexplotación de los bienes de la naturaleza que estamos llamados a preservar.

 


[1] Papa Francisco, Evangelii Gaudium, 47. [En adelante: EG]

[2] Este tema es ampliamente desarrollado por Humberto Maturana en su libro Emociones y lenguaje en Educación y Política. Santiago: Ed. Dolmen Ensayo, 2001.

[3] Papa Francisco, Carta encíclica Laudato si’, 217. [En adelante: LS]

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